Poesía en el Acero

Lirios de agua, acero inoxidable cada una de 2.30 mt. de altura

LA ESCULTORA Cristina Pizarro va dejando en las huellas de su camino algo que todo artista de alma generosa desea: emplazar su trabajo en los lugares donde los ciudadanos viven en sus labores cotidianas, el hombre y la mujer común, el que va y vuelve de su trabajo, el obrero, el oficinista, la dueña de casa, el estudiante o aquel que en los momentos productivos que regala ociosidad, se pasea por los espacios urbanos. Es un gesto de solidaridad en el cual el brillo y la ondulación de sus obras en metal, abren la ventana de los sueños, en el cual lo insólito de las formas dinámicas entregan al ciudadano dentro de su vida rutinaria otra dimensión.

Nuestras calles, plazas, parques, edificios, lugares antes anónimos, ocultos por la indiferencia de la rutina, ahora son considerados, contemplados, valorizados por la intervención propuesta por Cristina Pizarro.

Aunque la obra no es figurativa, recuerda por la semilla germinal que la produjo, elementos naturales. El mar, las olas, el viento, las flores silvestres, el vuelo de las aves, la suavidad de la piel, el laberinto que ofrecen las caracolas, la grandiosidad con la cual nos sobrecogen las montañas.

Más aún, en lo bruñido del acero, todo el entorno se ve reflejado, no por los colores de la realidad, sino por el velo misterioso de lo efímero de las visiones en movimiento. Importante es recordar que el espejo más antiguo fue aquel que devolvía la transformación de las aguas quietas. Y que más tarde el deseo del hombre de contemplarse a si mismo fue concebido al pulir la superficie de un metal.

Cristina Pizarro retoma esta antigua tradición de reflejos y en las lisas epidermis de sus obras alarga la ensoñación presente en su trabajo, incorporando ángulos de edificios, árboles, personas y vehículos transeúntes hacia los meandros de su obra. Con el imán de sus esculturas se incorpora al ambiente y el lugar en este juego de espejos se incorpora a la obra. Maravillosa simbiosis, en donde el símbolo secreto de antes se barroquiza y se enriquece. El vuelo personal, la música de cámara de antes, ahora es una sinfonía de reflejos cambiantes, absorviendo las cosas que rodean a la escultura, hombres y mujeres que caminan, las luces cambiantes en el transcurso del día y de la noche, en una palabra reflejos que son testimonio de la energía de la vida.

En lo más profundo de la mente del artista, habita una especie de arquitectura. Es una visión compleja, una casa con puertas abiertas y otras veces cerradas. El ambiente interior puede ser de alegría y otras veces refleja ansiedad o dolor. La imaginación del artista y los medios de los cuales dispone consisten en exteriorizar este modelo y ponerlo en el paisaje de la vida, en confrontarlo con el mundo real y en esa actividad lo que antes era imaginación se transforma en algo concreto: ha nacido su imaginería.

Cristina Pizarro comenzó amasando el barro con sus manos, que más tarde con el calor del fuego se transformó en greda y que con el paso de los años la greda y la arcilla pudieron vaciarse en el bronce. Trabaja más tarde otro metal, el hierro, pero que no se acomoda a su nuevo lugar de trabajo. El océano potente, con su salinidad le oxida las piezas y es el encuentro con un nuevo material, el nuevo acero incorruptible, lo que le permite edificar estas nuevas arquitecturas, en donde puede ahora depositar sus sueños y construir la monumentalidad que desea incorporar a sus obras.

Océano y montaña, sueños transparentes como el aire, pero enérgicos y vigorosos como la piedra, puertas y ventana abiertas a la naturaleza , pero ordenadas según el orden que dicta la geometría, formas delicadas y sensuales, pero que al igual que lo que sucede en la vida se pueden encontrar con un borde cortante. Las puertas abiertas y las puertas cerradas son inherentes a nuestra contingencia humana y la obra de la artista no sería completa si el escultor, el pintor o el escritor no se correspondiera con esta dicotomía. Como dijo Shakespeare en su obra teatral “Los amantes de Verona”: “Un día radiante de sol, hasta que aparece una nube y lo desbarata todo”.

En el verdadero artista, su vida personal y su obra, de algún modo deben coincidir. El torrente tiene su nacimiento en la fuente y en el caso de Cristina Pizarro, su amor por las plantas, bosques, pureza del aire, respeto por las aguas y océanos converge y alimenta su obra. Ama el entorno de la naturaleza, defiende su fragilidad y desde su refugio en la Isla Negra lleva a cabo un compromiso de lucha por la pureza de las formas y por la conservación de la pureza de los elementos naturales.

Ilustran este camino los títulos elegidos para sus esculturas: “Rosa de los Vientos”, “Caracola”, “Magma”, “Eclipse”, “Cordillera de Los Andes”, Estos títulos y sus significados traen a la ciudad los sonidos del mar, el dinamismo del viento, la majestuosidad de la montaña. Fuerzas ciegas, de ángulos y dobleces que se disparan en todas direcciones, en viriles y femeninas, siempre expresivas con sus reflejos y lirismo.

Mario Toral, pintor